Es práctica habitual mentir, entre políticos progresistas-populistas. Aclarar los hechos, diciendo la verdad, se les hace imposible, pues se autoinculparían, enseñando errores, corruptelas y desmanes de sus gobiernos. Mentir se les vuelve costumbre. Todo por aferrarse al inmenso poder del Estado
España hierve en el caldero de hechos graves sin aclarar, que se le acumulan al gobierno social-comunista de Pedro Sánchez. Expertos en ocultar la verdad de los sucesos del año pasado y este, que apenas comienza –catástrofe por la erupción del volcán de La Palma/Canarias; apagón nacional en abril pasado; causas judiciales de sus dos familiares (esposa y hermano), políticos y cargos públicos; la tragedia en Valencia, con más de 200 muertos y graves daños materiales; el deterioro progresivo de la red ferroviaria: cercanías y Alta Velocidad Española (AVE), la última con decenas de fallecidos y 100 heridos–, son una muestra del ejercicio de echar la culpa a otros: la naturaleza, proveedores deficientes, personal ineficiente, ocultar el despilfarro de presupuestos y la corrupción que campa tras los hechos. Excusas siempre, ocultar la verdad, todo menos asumir la responsabilidad de una mala práctica del gobernar. Todo esto sin olvidar las íntimas relaciones que se investigan en España sobre los negocios turbios entre el chavismo y políticos de aquí: Zapatero, gente de Podemos y el gobierno de Sánchez.
El reciente accidente del AVE y otro tren ha derramado el vaso lleno de improperios. Y siguen disfrazando la verdad cobijados por la mentira. Asumir la verdad tiene un alto costo: perder el poder. Ante tantas tragedias seguidas, el noble pueblo español aguanta y mucho. El problema de la mentira instalada por Sánchez, su gobierno y sus cómplices –socios y cierta prensa– parece haber anestesiado a la sociedad española. Es una característica de mentir sin medida –lo sabía Goebbels–. La gente sigue viviendo en este magma de mentiras. No parece exigir una verdad, al menos algo de claridad. No, sigue en la calle gozando de una España agradable, que no merece tanta estulticia. Pero aquí sigue la España eterna.
El orgullo, desde la Expo de Sevilla en 1992, era la red del AVE. Una modernidad de puntualidad, seguridad y buen servicio. Sólo los trenes balas de Japón iban por delante. La España del turismo, como empresa puntera en Europa, tenía unos trenes al servicio de los nacionales y visitantes extranjeros. Todo eso se ha derrumbado. Ahora, el viajar en AVE es un riesgo: atrasos de salida y llegada, quedar parado en medio del campo horas, sin poder salir del coche o, como en estos días, morir sin merecerlo. Aquí estamos ante la fase final de la mentira. Un gobierno puede mentir, pero no hasta el fin de los tiempos.
Claro, España no tiene un gobierno que utilice la mentira en exclusiva. La querida Venezuela tiene el suyo. Se montaron hace un cuarto de siglo sobre la mentira y siguen mintiendo. Tras el 3 de enero con la operación de captura del delincuente Maduro, el régimen narcoterrorista no se ha bajado de la mentira institucionalizada. Se les ha hecho una costumbre demasiado difícil de borrar. Para Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y los demás cabecillas del clan mafioso, navegan bien en esa escoria, donde mentir les otorga un tiempo precioso para maniobrar y sacar tajada a su provecho.
Al plan Trump –un negociador experto en dar dos pasos adelante y uno atrás– puede que se le escapen estos escurridizos comunistas, que cuentan con los cubanos, especialistas en mentir desde hace casi 70 años. Pueden estar armando un gobierno chavista suave, azul por fuera y rojo por dentro, con tal de mantener el poder. Un futuro con la vista puesta en pactar, todo lo que haya que negociar, con tal de seguir allí disfrazados de chavistas buenos y democráticos. Hasta ahora, van manejando los tiempos. Según acuerdos, las familias chavistas, que tienen como rehenes a los presos políticos para intercambiarlos cuando les convienen; los sueltan, gota a gota. No tienen prisas. Saben que tienen un capital tras las rejas y a toda la población, igualmente, como prisioneros. Solo cuando Venezuela esté libre de los presos de la dictadura, la transición habrá comenzado. Ya sabemos: Sin verdad no hay libertad.




